Resonancias del fin: Matías Aguayo

Sin duda alguna, se trata de uno de los músicos nacionales más inquietos de la escena electrónica; sus convicciones, como ha demostrado a lo largo de su carrera, se mantienen y se reafirman en la siguiente entrevista donde deja ver sus preocupaciones y reflexiones en torno al momento que vivimos como país y humanidad.

Por Sebastián Herrera

Estamos absolutamente sobrepasados, es como una invasión extranjera, alienígena, no sé cómo se dice, y no tenemos las herramientas para combatirlas.

Audio filtrado de Cecilia Morel

A pocos días de la incipiente insurrección, se viralizó un audio de la primera dama del país advirtiendo a una amiga sobre los hechos. El relato no pudo ser mejor descrito, cómico y revelador: Chile vivía y vive un encuentro del tercer tipo; los discursos del futuro, de pronto, se hicieron presentes. El avistamiento de objetos voladores no identificados, ideas de imposibles que abruptamente se hacían posibles, eran permanentes y sostenidas. 

“Support Alien Invasion” fue el nombre de uno de los tracks del álbum que se titula de igual forma. Compuesto por Matías Aguayo, productor y cofundador del sello alemán Cómeme, el LP salió meses antes de que todo explotara en Chile y, por supuesto, también antes que Morel filtrara su advertencia alienígena. Con el disco dando vueltas alrededor del mundo, llegó a Santiago para una residencia en el club electrónico Noa Noa. Más allá de los shows, las búsquedas de Aguayo se centraron en entender y entrar de lleno en el proceso que vivía el país. 

Fue esa inquietud la que lo condujo a la cima de uno de los edificios céntricos de la capital, ubicado frente al punto neurálgico de la revuelta. Ahí amplificó tracks creados junto a otros músicos chilenos y que buscaban dos objetivos, ir en apoyo de los manifestantes y confrontar a las autoridades policiales, quienes venían a dar orden, en medio de una serie de acusaciones de violencia sistemáticamente a los derechos humanos. 

¿Crees que esta idea de cambio vaya a modificar realmente algo, que el proceso que vivió el país, desde octubre a la fecha y la pandemia que azota a todo el mundo, cambie las dinámicas de relación, a tal punto que incluso la música se vea afectada?
El cambio ya comenzó. En Chile desde el estallido y la revolución y, antes de eso, a partir de una violencia constante y premonitoria; un aviso de que algo iba a cambiar, que la normalidad tal y como la conocíamos era insostenible.

¿De qué forma crees que esta noción de cambio se hace manifiesta?
Cuando estuve en Chile traté de apoyar y tener una experiencia y participación concreta en el contexto y proceso que se vivía; no quería ser solo un observador pasivo, quería intentar aportar en el cambio. Fue en ese tránsito donde me di cuenta de que lo que se vivía no era ni sería solo en Chile, sino que tenía una dimensión más grande y global, que esos cambios se replicarían en todas las partes y rincones del mundo. No imaginé jamás que todo esto era la antesala de una pandemia, pero sí sentía que algo más grande iba a ocurrir; la violencia me hizo intuir que algo se fraguaba y que Chile lo estaba adoleciendo.

Aguayo vivió de cerca el proceso social. El ambiente, si bien nuevo para la generalidad, para él era algo aún fresco en la memoria: la detención y exilio de su padre, luego del golpe de Estado de 1973. Por otro lado, como otros tantos artistas, llevaba toda una vida ideando lo imposible y viviendo al margen de todo lo que parecía un lugar seguro y económicamente sustentable. Si bien ha corrido mejor suerte que otros, en sus genes el “do it your self” es una molécula fundamental. “Support Alien Invasion” fue editado por Crammed Discs, sello independiente Belga en conjunto con Cómeme, casa discográfica que dirige junto a Avril Ceballos, editora, traductora y gestora cultural de larga experiencia en escenas artísticas y musicales alrededor del mundo. El material no solo le permitió alejarse de su sonido característico y entrar en zonas más experimentales sino que apareció después de media década de silencio; tiempo en el que condensó todas sus búsquedas creativas anteriores. 

Ahí se encontraba Zimt, proyecto que llevó a cabo a finales de los noventas, junto a Michael Mayer y que dio como resultado el EP de doce pulgadas “U.O.A.A. Shake it” (1998). Cuatro años más tarde y junto a Dirk Leyers desarrolló Closer Musik, agrupación con la que editó un LP de siete tracks, a través de Kompakt, y con el que consiguió crear un laboratorio techno-house-pop, titulado “After love” (2002) ; álbum que viaja por distintos ambientes que pueden envolver, hipnotizar y experimentar, o hacer todo eso al mismo tiempo.

“Cuando llegué aun no existía Kompakt, estaba la idea rondando, yo ya estaba haciendo cosas en la escena de Colonia y con los fundadores nos conocíamos porque tenían una tienda que se llamaba Delirium que yo frecuentaba. Con Michael (Meyer) fuimos siempre muy amigos, me siento parte de la familia Kompakt, incluso antes de que se creara”, cuenta. Luego de esta incursión, tuvo una estancia oscilante entre Europa y Argentina. En el país trasandino hizo conocidas, a principios del 2000, las fiestas Bum Bum Box, suerte de lives fugaces, sin horario ni ubicación específica, que tenían como fin generar una comunicación transversal con los transeúntes a partir de la música.  La referencia no deja de ser llamativa, pues, las fiestas fueron una antesala al propio estallido vivido en Argentina un año más tarde, en una suerte de previa de lo que sería el estallido social en Chile.

“En mi trabajo musical no hay cosas que se hagan manifiestas por procesos conscientes, estos se van colando silenciosamente mientras. Indudablemente, el momento en el que hoy estamos se ha traducido en mi forma de hacer música, aunque ahora no sea capaz de notarlo, hay y existe un cambio” comenta. En ese tiempo también gestó su primer disco solista: “Are you really lost” (2005),  una incursión íntima sobre lo que podría ser el resumen creativo de su vida: experimentos sonoros, mezclados con líneas rítmicas que invitaban a una estancia en la que mente, cuerpo y discurso conformaban una inquietante triada política, que tenía resonancias en su música y lo distanció de contemporáneos que hacían carrera en Europa y en la movida de Ibiza, con un sonido y aproximación pop que descreía de las influencias más rígidas y frías. 

Unos años más tarde, esto lo volvió a pronunciar, pero desde lo colaborativo. Con Markus Rossknecht, formó Broken, proyecto con el que desarrolló el EP “We ain´t go it” (2007), publicado por el sello Kompakt y con dos tracks que van del house al pop, mientras sus frecuencias vibran en la metálica dureza de la tradición techno de los noventas. El 2008, nuevamente a través del mismo sello, lanzó lo que sería su propia declaración de principios: “Minimal”. El arte es no repetirse, parecía decir este single que, con “un ritmo más nocturno, más profundo, más sensual”, vino a marcar un modo de pensar y hacer música. Luego vendría “Ay Ay Ay” (2009) confirmando la propuesta: beats cándidos como el de una milicia preparada para asaltar la pista de baile. Más tarde llegaría el EP “I don´t smoke” (2011), que puso nuevamente a la pista como centro de una ética basada en la comunicación a través del cuerpo; para luego pasar al techno, influencia africana, pasajes lisérgicos, calor latino y conciencia pop que logró con “The Visitor” (Cómeme, 2013). Fue en este lanzamiento donde se permitió entablar un discurso más autoral, entrando de lleno en la idea de experimentación, comunidad, colaboración y a una contienda desarrollada en los ritos que exige la cultura de baile. 

Todo este viaje sirvió para delinear lo que más tarde realizaría junto a Henning Specht, en teclados; Matteo Scrimali, en batería; y Gregorio Gómez, en guitarra. Matías Aguayo & The Desdemonas consiguió, nuevamente, dejar patente ciertas ideas que rondaban en sus anteriores trabajos y condensarlas en una propuesta que no solo respondió directamente a ellas, sino que incorporó nuevas formas de pensar el sonido, en una conjugación retrofuturista que mezcló algo así como post-electrónica y reminiscencias krautrock. Es esta marcha la que nos devuelve nuevamente al presente. Luego de que en “Support Alien Invasion” diera rienda suelta a las búsquedas experimentales, sonidos combativos, influencia africana, dub con bases rítmicas lúdicas y al mismo tiempo políticas, llegó la elocuente confirmación artística y como un buen avistamiento OVNI, no dejó indiferente a nadie. Lo escurridizo y calmo de su aparición no fue un azar, sino que respondió a una decisión que tomó un tiempo antes.

El 2018, a través de una performance de doce horas, titulada “True Matías Show,” exploró y explotó las plataformas digitales, con el fin de abandonarlas. Llevó al exceso la idea de streaming, en una propuesta insólita, extraña, multicultural e interdisciplinaria, que mezcló conversación, gastronomía, música y diálogo con artistas, donde Aguayo se permitió jugar como niño, con el fin de cerrar un ciclo de vida en la tierra utilizando las redes sociales. Así, el 27 de octubre del 2018 Matías Aguayo puso fin a sus cuentas de Instagram, Facebook y Twitter; dispuesto a confirmar que había otros modos de crear y difundir la música. “I prefer you in real life” fue uno de los mensajes que ilustró y que colgó como epitafio a su estancia en esas plataformas.

“Aquí va la carpeta a la cual estoy subiendo cosas, esto no es para compartir, claro…”, frase enviada por el DJ al whatsapp de quien escribe, la mencionada carpeta contiene experimentos sonoros y una decodificación de la cotidianidad más próxima, donde lo íntimo se vuelve determinante y fundamental para encontrar las posibles nuevas formas de vida que existen y, posiblemente, existirán luego de la pandemia. “Hay un rechazo por entender los cambios que estamos viviendo. Seguimos inmersos en la rutina, en la idea de exposición, de visibilizarse, de generar contenido; y éste motor no tiene nada que ver con el amor a la música, sino a la irrupción de exigencias que el sistema ha introducido en la comunidad musical”, explica. 

¿Qué crees que se ha perdido en todo esto?
Hemos perdido las herramientas para encontrarnos y, en esa búsqueda veloz por intentar ser el primero, estamos cayendo en tonterías, como estos supuestos modelos de trabajo flexible y creativo que, en el fondo, vienen desde una lógica neoliberal, de individualismo y de una presión de producir por producir y mostrar por mostrar, olvidándonos por qué estamos haciendo esto, cuáles son los fines reales de nuestras actividades como músicos y por qué decidimos hacer algo diferente a las lógicas de mercado.  

¿Ves alguna salida? ¿de qué forma lo musical se apropia o da respuesta al actual momento?
Siento que es un momento más de preguntas que de respuestas, de entrar en un diálogo dentro de nuestras comunidades, pero también con otras entidades, que están a favor de un cambio. Sin embargo, es difícil, porque estamos enfrentados a una dualidad: por un lado, nos hacemos grandes preguntas y, por otro, estamos enfrentados a una intimidad muy concreta, que implica búsquedas más próximas. 

Primero fue la calle, el espacio público que sirvió como bastión y refugio de un descontento. Luego, el virus, en ese choque, entre el entendimiento de un cambio social y el aislamiento por resguardar la vida, se encuentra hoy el mundo. Un momento de reflexión que ha repercutido en la mirada de la industria; recrudeciendo ciertas ideas y flexibilizando otras, pero teniendo siempre en consideración que el trabajo es quebrar los modos en que el neoliberalismo se instaló en la sociedad…
Para mí, es fundamental sentir que estamos en algo que solo a través del dialogo musical funciona; no sirven los dispositivos tradicionales, sino un dialogo distinto, que permita transmitir los sonidos inspirados en nuestro entorno. Es eso lo que me hace sentir que aún estamos haciendo cosas, que estamos intercambiando y estamos en contacto a través de la música. Pero esa es mi forma y la comparto con pocas personas, en un contexto muy íntimo. Es muy distinto a lo que pasa actualmente, muchos djs para no desaparecer y seguir activos están generando un montón de contenido, mostrando sets gratuitos que precarizan sus propias fuentes de trabajo. Eso es algo complejo, me he negado a participar por lo mismo y he optado por hacer música más en un contexto de intimidad. Para mí es más importante abrazarnos entre músicos, saber que estamos juntos, que estamos aquí y que estamos creando esa conexión y comunicación muy bonita y acogedora que me da más contención que la sobreproducción y exigencia que el neoliberalismo nos obliga y que nos lleva a la desesperación, y a esa noción y deber de tener que salvar algo que no sabemos qué es y que solo nos conduce a empobrecer nuestro oficio. 

¿Crees que vivimos el ocaso de un tiempo?
Nuestro país, a través del modelo e ideología de Jaime Guzmán, formo una sociedad muy atomizada, sin noción del otro, ni menos aún de comunidad. El neoliberalismo se inició en Chile, su fin espero que también. El estallido social, con esa frase “Chile despertó”, permitió entender que necesitábamos ver cosas que estábamos desatendiendo. Por otro lado y viendo el vaso medio lleno, la pandemia nos ha reconectado con nosotros mismos y nos ha hecho entender que lo realmente importante es tener autonomía, buscar nuevas formas, desde lo básico, como la música, hasta estructuras más complejas. A veces siento que estamos en medio de Night of the living dead, de Romero, en un punto de no retorno y desazón, en un espacio que se niega a olvidar de las lógicas neoliberales, y donde la desmesura apremia, en una urgencia que no sabemos a qué responde o si existe realmente, como si estuviéramos en un mall cargando objetos que no entendemos por qué debemos cargar o por qué debemos comprar. 

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