Resonancias del fin: Kamila Govorcín

Su nueva forma de aproximarse a la música, su quiebre con el viejo modo de entender la industria, nuevos discos y proyectos fueron los temas que hablamos con la productora y dj nacional, quien reconoció que como humanidad, “debemos sentir vergüenza para saber qué hicimos mal y así cambiar”.

Por Sebastián Herrera

“Me paro en la vida buscando coherencia con mi sentir más profundo, tratando de desprogramarme y rompiendo estructuras aprendidas que ya no me sirven. Eso como inicio, porque tiene mucho que ver con lo hago”, cuenta en cuanto comenzamos la conversación, Kamila Govorcín, productora, Dj y fundadora de numerosos proyectos dentro de la escena electrónica nacional. Hoy, en tiempos de pandemias y revueltas sociales nos entrega nuevas perspectivas sobre el fin de estos tiempos, la normalidad, el encierro y, sobre todo, nos habla de música. De la de ella en particular y la de todos, en general, la cual no es un arte, ni una profesión, ni una herramienta de ocio, o, más bien, no es que no lo sea del todo, sino que es cada uno de estos elementos al mismo tiempo, pero además y, quizás, más importante aún, es -para ella- un ejercicio de comunicación y sanación.

Ryuchi Sakamoto hablaba sobre el poder de sanación que tiene la música. En ella veía la posibilidad de crear siempre y cuando también se estuviera dispuesto a quebrar lo viejo “Si quiero crear algo nuevo, significa que tengo que romper con lo que tengo”, dijo en una entrevista dada en julio de este año. ¿Qué se está sanando ahora que el mundo se quiebra?

Las resonancias no han parado su vibración, resuenan en el cuerpo, en la mente y el espíritu. Los sonidos del cambio, sus voces e ideas están incrustadas en cada ámbito de nuestra vida. La pandemia, el estallido social y sus consecuencias nos ha enfrentado a replantear las formas de hacer las cosas, buscar un nuevo modo para hacer las viejas cosas. 

¿Cuál será el sonido en el que se traducirá el futuro? ¿Es posible una música que refleje nuestros tiempos? Si es así, ¿quién la produce y bajo qué intenciones? Conversar con Kamila es entender estos procesos, intentar aproximarse a una respuesta, encontrar en la música una guía y un medio; es entrar en los sonidos, no como meros elementos, sino como unidades complejas que contienen más de lo que realmente reflejan. 

El Mundo (2017) y Canciones para bailar llorando (2018), ambos lanzados por el sello nacional Panal, son dos ejemplos claros. Estos trabajos revisten más que simples elementos del techno, o house, sino que los dos discos dialogan con una resonancia interna, una vibración que se impone al beat, a las estructuras y exigencias propias de la cultura de baile, insertando ritmos y pulsos que intentan traducir el mundo, una noción íntima del yo con su entorno: “creo que la música refleja el modo en que me siento y vivo. En esos dos álbumes hay algo de mí o de lo que fui. En El Mundo, por ejemplo, me encontraba en un periodo confuso, donde me sentí perdida. Si lo miro en perspectiva, la música de ese disco tiene eso. Hay cierta nubosidad en las canciones o la utilización de muchas capas en cada track, que hablan de eso, como si intentara esconder sobre estas atmósferas mi propia confusión. En el caso de Canciones para bailar llorando, no estoy conforme y me averguenza, pero para mí era necesario sacarlo. Tenía que ver con un periodo y un proceso muy personal. En términos emocionales no lo estaba pasando muy bien y por eso también el nombre. Era una especie de burla a mí misma, una forma de reírme del drama que estaba pasando”. 

Con el parón de los eventos, festivales y conciertos también se han tenido que establecer posiciones, decidir desde qué lugar se hace música, bajó qué parámetros y con qué alcance. La dictadura del algoritmo, la velocidad, flujo de contenidos, o la precarización del trabajo ha comenzado a desestructurar el oficio. La música también ha comenzado su propio estallido y para muchos se ha traducido en resignificar los espacios propios: “creo que en todos mis trabajos ha estado super presente una búsqueda personal. Siempre he sido fiel a lo que hago y espero que esa fidelidad se refleje en un sonido propio. No busco lo distinto por lo distinto, sino reflejar lo que realmente siento. Si bien en todos mis trabajos existe esta idea, no profundice tanto en ella como quería, porque creo que tenía muy presente encajar en una estructura del baile. Esa estructura es la que quiero comenzar a romper, porque siempre he creído que la  para mi la música es mucho más que eso”.

En octubre el despertar de Chile y con él también las movilizaciones sociales, el estallido, y las reivindicaciones. No hubo ámbito que quedara indiferente a lo que ocurría en el país y la música fue también testigo de cómo sus antiguos modos daban paso a nuevas formas: “cuando llegó el estallido social estuve las primeras dos semanas saliendo a la calle todos los días, pero llegó un momento en que me empecé a sentir mal, fue mucha intensidad y emociones que se juntaron. Decidí ir a Osorno, como estábamos en toque de queda y se cancelaron todos los eventos, no tenía mucho qué hacer acá. Además, en Osorno también estaba siendo intensa la situación social, por lo que era muy interesante vivenciar eso desde ahí. Sin embargo, cuando llegué estuve dos semanas en cama. Con muy poca energía, no me podía levantar, estuve realmente mal. Ese periodo llegó a su punto cúlmine, un día en específico, que sentí mucho dolor, y creo que esa semana y ese día en especial, marcaron lo que decidí comenzar a hacer con mi música para adelante”. 

Parte de ese cambio se ha traducido en tres álbumes lanzados en el 2020. Dos de ellos muestran el proceso y uno su ejecución. Con Impulso editado de forma independiente, a través de Bandcamp, dio cuenta de hechos que narraban la constante, reiterada, profunda y experimental manipulación de elementos sonoros, mientras Movimientos, publicado a través del sello Caustics y solo con meses de diferencia, fueron pasajes y paisajes, texturas y límites, suspenso y mezcla, matices y atmósferas que aceleraron, detuvieron e irrumpieron el equilibrio establecido. Ambos álbumes permitieron dar cuenta de la búsqueda final: “creo que esos discos fueron música que hice como respuesta a no entender qué estaba pasando en el mundo, la hice para desconectarme y pasar el mal rato. Tenía planes personales muy importantes que se cancelaron. Son cosas que cambiaron para siempre. Hoy mi única forma de escape es la libertad que me da la música”. 

Anhelo Anima fue el resultado y punto culmine de la exploración. El álbum, lanzado este año, bajo el sello danés Clang, fundado por el compositor, programador, interprete y sonologista, Lars From Mars, de más de una hora de duración, construye, desde la urgencia, pequeños vestigios del sonido porvenir: “Este último trabajo para mí es muy importante, porque me ha permitido ver mi cambio. Me ha hecho replantear, preguntarme qué me hace sentido, qué cosas no y qué se identifica con mi esencia más profunda. Fue muy especial este trabajo, porque no tiene reglas, no responde a las estructuras del techno, o que el bombo tenga que pegar y cumplir ciertas expectativas. No hay nada de eso”.

¿Qué determinó este cambio de percepción o de forma de aproximarte a la música?

A fines de octubre del año pasado, cuando me sentí muy mal, recuerdo un día cúlmine que mi manera de aliviar el dolor fue cantando. No canté nada en especial, sino que fue una especie de vibración constante que hizo que mi cuerpo se sintiera más tranquilo. Hoy, cuando vuelvo a ese momento, no solo trae de vuelta esa sensación, sino que también me recuerda otro momento anterior: mi paso inicial por la música, cuando la veía como una forma de autosanación”.   

¿En qué se tradujo esa nueva forma de entender la música o ese reencuentro con la idea inicial?

“En que me dejé ser y dejé que la creatividad fluyera. De hecho, no es un disco que yo crea que esté bien trabajado en cuanto a sonido o técnicas, sino que es un trabajo muy intuitivo, pero me conectó con preguntas: qué es la música para mí, qué es la electrónica o lo que yo busco de ella. Es una caída de estructuras y de intentar volver a la verdad”. 

¿Crees que conseguiste esa idea final, la que te permitió romper con lo viejo y encontrar nuevas maneras de hacer música?

“Aún creo que falta, quiero perder ese miedo a abandonar y fluir. Me ha pasado que últimamente he hecho mucha música y me he dado cuenta de que aun intento seguir una línea, que busco encajar, o cumplir una expectativa. Ahora, que me doy cuenta, me alejo de eso. Creo que estoy en una posición, que me permite profundizar en la experimentación sin ningún límite, puede ser incluso en el baile, pero que sea experimentación dentro del baile. No quiero normas, o que me digan cómo tienen que ser las cosas, porque eso me aleja de quién soy”. 

¿Crees que el actual contexto ha contribuido a llegar a este punto?

“Estamos en un periodo en la historia donde se están cayendo todas las estructuras. Ahora es el momento en que tenemos que definir de qué lugar estamos. Para mí ha sido muy claro, creo que no hay que tener miedo de dejar a un lado las cosas que no tenían sentido. Es el momento para replantearnos qué estamos haciendo. Recuerdo que en una película de Tarkovski uno de los personajes dice que el sentimiento que va a salvar a la humanidad es la vergüenza. Me hizo tanto sentido, porque tenemos que sentir vergüenza y aceptar que nos equivocados, sentir vergüenza para saber qué hicimos mal y así cambiar”. 

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