Dadalú: “Creo que no he decidido ser independiente. No sé si en Chile se puede decidir eso”

Los modos de creación buscan nuevas formas, donde la creatividad tiene más que ver con un proceso, que con una búsqueda por la perfección. O así, al menos, lo ve Dadalú, que en sus extrañas y lúdicas exploraciones es capaz de desaprender la norma para dar cuerpo a esos sonidos extraños de pop-hip hop-electrónicos, empáticos con el momento y sus contextos.

Por Sebastián Herrera

Hay una infinidad de adjetivos que permiten entender quién es y qué hace Daniela Saldías, más conocida como Dadalú. Muchos de ellos son contradictorios para la industria: pop, hip hop, sonidos electrónicos, folks e incluso punk se encuentran en esas cadencias inclasificables que se reúnen, sin embargo, en una palabra: búsqueda. Luego del 18 de octubre, para algunos, las cosas han cambiado, mientras que, para otros, simplemente, se transformaron en una convicción, una resistencia y energía para continuar haciendo lo que se estaba haciendo. “No sé si el estallido cambió mi forma de hacer música”, cuenta, “creo que simplemente se reforzó una manera. Me gusta el registro, plasmar en las canciones una especie de foto emocional del momento. Creo que antes del estallido estuve reticente a hacer letras explícitamente políticas, en el sentido cliché de lo político, para mí es importante abordar esto desde lo personal. Pero, durante la revuelta, hice algunas canciones referentes al momento, porque sentí que era el instante cliché para hacer algo cliché. Me refiero a describir situaciones como que los pacos son asesinos y otras similares, que son cosas que sabíamos y que el estallido solo vino a confirmarlas”.

Esa intuición también dicta otros asuntos. Por ejemplo, podríamos centrarnos en las letras de su trabajo, en ir directamente a la referencia, a mensajes concretos, como la canción “Apruebo – Convención Constitucional”, pero hay algo más allá. Hay algo en los sonidos que también dicen, intentan merodear y transpasar eso que las palabras no alcansan. Ahí, en el pulso y rítmica, en cierto uso y búsqueda, o en su propuesta plástica y oscilante, se esconden mensajes y vibraciones que crean, en el movimiento, paisajes llenos de colores: “Creo que la música me inspira hacer un tipo de letra y no al revés. La música, la melodía y los sonidos, también dicen cosas”, reflexiona. “Las semanas del estallido, hice 6 o 7 canciones. En ellas introduje ruidos de helicópteros, sonidos provenientes de la calle, y cacerolazos que grabó un amigo en Avenida Grecia. Pero no me conecté con la música inmediatamente, estaba más en lo que ocurría afuera. Las rítmicas que aparecieron, posteriormente, no fueron literales a la rítmica de la calle. Use esos ruidos de fondo, sí, pero no los use de forma directa”.

El carácter oblicuo de cierta música permite alejarnos de los lugares comunes, de modos establecidos que acceden a una fácil lectura y domesticación de lo que se consume. El trabajo de Dadalú tiene que ver un poco con eso, con elaborar la distancia de lo obvio, con una suerte de prestidigitación tonal, una vibración que sirve de espectro en el que convive el pop, pero también lo no comercial, un “antipop”, como lo describió Rossana Montalbán en una entrevista que hizo recientemente a Dadalú; una capacidad innata para capturar el ambiente y traducirlo en sonidos: “Hace tiempo que tenía una sensación extraña, de no entender la sumisión en la que estábamos inmersos, de aceptar lo que toca, como si todo se redujera a adaptarse o morir. Siempre esa manera de vivir me molestó. Nunca fui de aceptar las cosas. Si bien hemos venido transando para poder continuar viviendo, cuando vino el estallido fue un momento de mucha alegría, porque me di cuenta que hubo una especie de común acuerdo de no querer continuar aceptando las cosas como eran, y que era posible encontrar otro camino”.

El camino no es una recta, sino una especie de red de idas y regresos, entradas y salidas, donde el juego y la experimentación parecen ser dos características que hacen peligrar cierta norma del oficio o de lo que nos hemos convencido que significa esto: una especie de sistema, con reglas y castigos entorno a qué hacer y cómo hacerlo, un “infierno de lo mismo”, como escribió Byung Chul Han, a propósito de esta sociedad del rendimiento en la que, a todas luces, vivimos: “Es un proceso orgánico y espontáneo. Estamos insertos en una sociedad donde las cosas que pasan inciden en nuestra vida cotidiana. Nuestra existencia es política, sobre todo desde un oficio como el arte o la música, pero, más que buscar lo político, creo que lo que he hecho es seguir una intuición. Es algo más bien personal, terapéutico y hedonista, porque lo necesito, porque es mi manera de vivir y comunicarme y, a través de la música, plasmo mis inquietudes”.

Antes de que la revuelta comenzara, Dadalú estaba en la búsqueda de quebrar también su tensa calma creativa, salir del lugar de confort y encontrar nuevas maneras de dar con la música. Esa pesquisa le permitió ser parte de “Gonzervatory”, una residencia de diez días que es promovida por el compositor e interprete canadiense, Chilly González, y que le significó estar en Francia y enfrentarse a su propio malestar y estallido: “Venía de una experiencia increíble. Gané una residencia que convocó Chilly González, un músico que ha colaborado con gente como Jarvis Cocker y Daft Punk. Él tiene todo un rollo con la educación, la música y con mezclar el género docto con lo más pop. La idea de la residencia era abordar estos dos mundos, mezclar el conocimiento específico de la música con esa parte más intuitiva que también existe. La premisa de la residencia era creer en la primera idea y, para eso, ponerse pies forzados de creación”.

El salto al torniquete fue un pie forzado, una manera en que los jóvenes empujaron para que todos despertáramos. Ese gesto también puede ser extrapolado a otras situaciones, un proceso creativo, una nueva forma de abordar la música o, simplemente, entender que el desafío es avanzar, “hasta que valga la pena vivir”, como rezaban los rallados en los muros, pancartas y gritos de las calles: “Me pasaba mucho que hacía cosas que, cuando no me gustan, la dejas botadas a la mitad. La experiencia de ir a la residencia me marcó. No solo por lo que significó para mí proceso creativo, sino por el contexto: estar Paris y, además trabajar y dedicarme a la música. Cuando llegué a Chile, lo hice con toda esa energía y experiencia. Traté de armar algunas tocatas acá, pero no llegó nadie. Obviamente el golpe fue duro y, por momentos, deprimente. Pero la pregunta que me hice inmediatamente fue cómo hacer en un lugar donde no hay estructura para hacerlo. Entonces, simplemente me comencé a enfocar en lo musical, sin importar el resto”.

¿Qué significó esto?

El trabajo fue hacer una canción al día, para mantener un momento musical de forma diaria. Me puse algunos pies forzados, como no demorarme más de tres horas; terminar la idea que empezaba, independiente si me gustaba o no; hacerlo de lunes a viernes, hasta llegar a 30 temas; y subir el material, cada día, a SoundCloud. En el proceso me di cuenta de muchas cosas, que me permitieron entenderme y entender, al mismo tiempo, mi forma de componer.

¿Puedes ahora describir esa forma?

Me di cuenta que existen distintos procesos creativos. Ese en particular era uno bajo presión, que es diferente a uno más libre. Lo que hice fue aferrarme a la primera idea que llegaba a mi cabeza y, a partir de ahí, trabajar con varios estilos. Me centraba en la velocidad de la canción, o los beats por minuto, que luego ponía en un programa. Intentaba observar cómo se construían otros temas, o de qué estaban hechos, para saber cómo introducir un bajo o una batería. Siempre me fijo mucho en la batería. Desde ahí comienzo a replicar cosas, después busco la referencia, observando, probando y luego tratando de llevar esto hacia la inquietud personal. Ese es mi proceso, es tomar algo que me resuena, ver los tiempos, fijarme en la batería y mezclarlas con las emociones e inquietudes del día. Puede ser que un día sea rap, o más electrónico, a veces simplemente es con una guitarra, no lo sé, la composición cambia, porque es totalmente distinto componer desde un teclado, que desde otro instrumento. Lo interesante es ir más allá de uno, despojarse de esa idea de perfección que tiene que tener la música. Componer y vivir la música es estudiar, es ir probando las cosas que incorporas. Todo es un proceso, es ir viendo qué sale, nada tiene que ser perfecto, hay que entender que es un experimento que necesita, fundamentalmente, de vivir la música.

Algo similar al proceso que vive Chile

Claro. Las cosas no van a cambiar radicalmente de un día para otro. Eso no va a pasar. Es un proceso.

¿Y tu propio proceso tiene que ver con mantenerse independiente?

Creo que no he decidido ser independiente. No sé si en Chile se puede decidir eso. Para mí es importante el oficio, hacer cosas. ¿Cuáles son las posibilidades de un músico para vivir la música? Son muy pocas y difíciles. Yo necesito hacer lo que hago, para mejorar, disfrutar y, simplemente, vivir.

Escucha su último disco aquí:

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