Santaolalla y la historia del Rock en América Latina

* Marcos Vergara Iturriaga

Santaolalla se rinde culto a sí mismo, qué duda cabe, en su mini-serie “rompan todo” que alude, hipotéticamente, a la historia del rock en latinoamérica. Y a lo mejor se lo merece. Lo vimos haciendo tango electrónico en el Teatro Oriente hace algunos años y sabemos a ciencia cierta que fue el productor del mejor disco de música pop/rock de todos los tiempos: “Corazones” de Los Prisioneros.

Entones, llenos de expectativas, nos instalamos frente a la caja idiota, tornada hoy en una gran pantalla que cubre toda la pared, para ver en Netflix el trabajo del aludido en el párrafo anterior. Buen arranque con los mejicanos, traductores al español del rock y el blues de los gringos. Buenas letras y buena actitud en escena. Una banda que me recuerda la “flexibilidad cérea” de DEVO en los ochenta. Resulta que ya estaba dicho y hecho por los mejicanos. Buena noticia. Algo es algo.

Pero después Santo nos lleva por un derrotero que terminará de bruces en la historia del Rock Argentino, derrotero del cual se salvan apenas los Uruguayos, sin suficiente referencia a Los Mockers, para mi gusto y el gran maestro Gonzalez, en el caso de Chile.

En el caso de Chile Santo no reconoce la historia, no sabe y aquello para un documentalista es una pérdida de rigor, falta de indagación: una mención a Victor Jara, que no fue precisamente un rockero, salvo por haber invitado a Los Blops a acompañarle en “El Derecho de Vivir en Paz”. Y luego a Los Jaivas, que en la entrevista confunden el “Canto Nuevo” del Café del Cerro con “La  Nueva Canción Chilena”, la de Victor. Los Jaivas y Los Blops eran una línea derivada pero paralela a la “Nueva Canción”, hippies buenos para tocar el tambor y la trutruca, despreciados por las Juventudes Comunistas en su Revista Ramona por su falta de compromiso con el proceso de tránsito al socialismo, de la cual obran ejemplares comprados en el Persa Bío-Bío que incluyen reflexiones hippiefóbicas de Patricia Politzer. Al respecto solo me gustaría señalar lo que significó para quienes vivíamos en Chile cuando en 1975 recibimos desde Buenos Aires el álbum Los Jaivas con el indio en portada, producido en Argentina, una obra notable de nuestros hippies autoexiliados, sólo comparable a Terra Incógnita del Grupo Congreso. Y qué decir de Los Momentos, un himno monumental de Eduardo Gatti, en el formato Los Blops, que nos acompaña en casa a toda familia bien comportada hasta el día de hoy. Los Blops devolvieron la mano a la “Nueva Canción” cuando invitaron a Angel Parra a acompañarles en “El Volar de las Palomas”, de su segundo LP. En este mismo período venía Congregación advirtiénmdonos: “Estamos Todos Atrapados en un Pensamiento”.

Pero bien, dejemos este paréntesis atrás y hablemos de rock propiamente tal en Chile, es decir de todo aquello que Santo omitió o despachó equívocamente en un tris. En primer lugar quiero mencionar a Los Vidrios Quebrados, unos muchachos del Saint George que cantaban en inglés pero que hacían un “pop” de época que era de miedo, impecable. Santo no los conoció. Luego el saxo de los Blue Splendor, en Valparaíso, luego los Mac’s, los Larks, los Jockers, los Kissing Spell, los Beat 4 ¿acaso no existieron todos esos muchachos que hacían mover “el esqueleto”?. Y me olvido de las contribuciones marginales a esta idea del rock, que podría incluir en ocasiones a muchos otros como el Clan 91, los Bric-a-Brac, Cecilia, el propio Buddy Richard y hasta al Pollo Fuentes. Y después, qué deciros, Santo no conoció a Aguaturbia, a Los Monstruos, a Tumulto, a  Motemey, a Lunallena, al grupo Miel, con Juan Carlos Duque al frente. Y tampoco a la mítica banda ochentera Los Pinochet Boys -de peinados con jopos tanto y más espectaculares que los de Soda- ni a Los Parkinson, entre otros muchos de un solo CD.

Entonces terminamos frente al rock argentino y sus principales exponentes: Tanguito, Spinetta, Nebbia, Charlie, Luca, Soda, Virus, etc. Todo muy bien y muy respetable. Sui Generis fue para nosotros una pieza fundamental en nuestra adolescencia y al flaco Spinetta lo escuchamos hasta el día de hoy, como si fuera solo ayer. Pero quizás ahora es posible reconocer que la movida chilena se desarrolló de manera bastante autónoma de lo que estaba ocurriendo allende Los Andes y que lo malo es no haber sabido rescatar aquello que no estando en la corriente principal determinada por los argentinos, nos permite comprender mucho mejor el fenómeno de Los Prisioneros y de Jorge Gonzalez, social y musicalmente. Tal cosa no es recogida por el documental porque no se investigó y no nos queda más que invitaros a encontrar a los músicos chilenos que hemos citado -y perdón por los que sin querer hemos omitido- y hacerlos sonar en nuestros players para entender mejor nuestro propio caso.

* Marcos Vergara Iturra: Médico Cirujano, Doctor en Salud Pública, Magíster en Administración en Salud, Profesor Asociado de la Facultad de Medicina de la Universidad de Chile y académico del programa de Políticas y Gestión de la Escuela de Salud Pública.

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